viernes, 19 de junio de 2009

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NI COMO NI CUANDO

Le dieron la noticia el miércoles por la mañana. No había marcha atrás, ni tampoco tiempo de operar. Así que lo único que le aconsejaban era ingresar en la clínica para que le cuidaran lo mejor posible. Podría recibir visitas de amigos y familiares y le ayudarían con el dolor. Los cuidados serían magníficos. Esta clínica estaba prepara para todo esto y mucho más. Los honorarios los hablarían más tarde, de eso no tenía que preocuparse ahora. Podrían ponerle en una planta alta para que tuviera las mejores vistas y las enfermeras eran personal muy preparado. Una atención personalizada era lo mejor en estos casos. Él no debía preocuparse por nada. Para eso estaban ellos.
Y respecto a los familiares, debería comunicárselo lo antes posible para que les diera tiempo a todo.

Se levanto del sillón, cogió sus cosas y salió por la puerta con toda la información metida en la cartera. Un sutil "gracias" salió por su boca a la vez que salía él por la puerta. No quiso darse la vuelta para no recordar la cara de su médico. Prefería olvidarla.
Caminó por las calles sin rumbo, disfrutando de aquella primavera tardía. Y quiso guardar en la misma cartera ,donde estaba el diagnóstico, aquellos olores y sabores de su infancia. Las risas de sus juegos y los llantos de los primeros amores. Recorrió el mismo camino que un día le llevó a la universidad y el que le sacó de la pobreza.
Por un instante pensó que debía ir a ver a su abogado y rectificar el testamento pero en ese mismo instante decidió que era hora de ir a la clínica.
Se fue caminando despacio, no tenía prisa. Su móvil no paraba de sonar y lo apagó sin pensarlo. Jamás había hecho eso, ni si quiera el día que se casó o el día que nacieron sus hijos. Jamás.

Por fin llegó y se paró ante la magistral puerta que le daba la bienvenida, descansó y respiró profundamente para recuperar fuerzas o encontrar algo de valentía. Había venido para hacer algo y debía hacerlo. Subió escalón por escalón y entró sin ningún remordimiento. Hizo el check in y se dejó acompañar por la enfermera más guapa que jamás había visto. Llegó a la planta número 13 y se acomodó en la estancia.

Una vez dado los detalles la enfermera salió por donde entró y cerró la puerta tras de sí. Entonces él se dirigió al ventanal que daba a la enorme terraza y abrió la puerta. La temperatura era perfecta. Respiró. Volvió a respirar más profundamente. Trece pisos dan para mucho.Ni si quiera ella le diría como y cuando tiene que morir.Y la oscuridad llegó.

DIARIO DE MADRID

23/03/09


"El excelentísimo Don Pedro Fernandez falleció ayer en extrañas circunstancias en la Clínica San Bartolomeo, en la misma capital. Sus familiares, entre los que se encuantra su esposa y sus cinco hijos, no han querido hacer ninguna aclaración respecto a lo ocurrido ayer por la mañana. El entierro será mañana, en el cementerio de La Almudena a las 10 a.m. en la más estricta intimidad.
Respecto al patromonio que Don Pedro Fernandez ha dejado, recordamos que se encuentran innumerables obras de arte, varias casas de estilo colonial por toda sudamérica y un capital económico que se calcula oscila entre los 300 millones de euros. Así como 4 edificios en la capital y numerosas empresas."

3 comentarios:

Pedro dijo...

Buena reflexión sobre lo efímero de la vida, y más aún de las pertenencias que en ella acumulamos.
Magistral, Ana.

Un beso.

genialsiempre dijo...

¿Realidad o ficción?, no lo desveles nunca, que cda uno piense lo que quiera.

José María

Sara dijo...

Tu relato me ha estremecido.