sábado, 27 de junio de 2009

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RELATO SIN TITULO IV

Sentándose en la cama, echó un vistazo por la habitación para ver que era lo que tenía que buscar. El eco de Pepa salía por sus oídos repitiendo una y otra vez las mismas palabras, una y otra vez. “Rebusca y encuentra”…. Pero ella no sabía lo que tenía que rebuscar, ni siquiera sabía donde tenía que rebuscar. Y en ese momento se acordó de la caja marrón que él siempre guardaba debajo de la cama. Nunca le había contado lo que guardaba allí, pero si le había visto meter fotos alguna vez. Poniéndose de rodillas delante de los pies de la cama, decidió agacharse para echar un vistazo. No vio nada. Entonces se puso de pie y, presa de un ataque de nervios, decidió comenzar a sacar todo de los armarios, cajoneras, cualquier hueco que sirviera para esconder la cosa más insignificante. Abrió puertas y cajones y todas sus cosas fueron a parar al suelo con tanta rabia como fuerzas tenía. Ropa, zapatos, mochilas, discos, cualquier cosa que viera. Todo salió de su escondite. Y entre tanta cosa tirada por todas partes, casi sin percibirlo, estaba la caja. Tapada casi por completo por otros tantos bultos, asomaba bajo los restos de la vida de Ricardo. Y allí se quedó, inmóvil, delante de ella, mirándola, esperando que la rogara a gritos que la abriera.
Y sentándose en el suelo, la cogió con las dos manos de la forma más suave posible, como si en vez de cartón fuera de cristal. Se la puso en el regazo y la contempló durante un largo momento hasta que la curiosidad decidió abrirla. No vio más que fotos, muchas fotos. A primera vista, algunas eran de paisajes, otras de personas que ella reconocía, otras de gente que no había visto en su vida. Pero sobre todo encontró fotos suyas. Sola en algunas, en otras con él. Y una sonrisa se posó en sus labios al reconocer los momentos que reflejaban esas fotos que estaba mirando. Y los recuerdos volvieron a asomar a su memoria y la nostalgia volvió a apoderarse de ella. Entonces cerró la caja a la vez que cerraba los ojos y le echó de menos. Le echó de menos como nunca supuso que le echaría y comenzó a llorar como lo hacía una niña pequeña, sin control. Los sollozos no la dejaban casi ni recuperar el aire que se le iba escapando a borbotones. Necesitaba coger aire para recuperarse. Tenía que poner control a esa situación, pero no sabía como. Sólo quería llorar y llorar hasta que todo eso acabase.

4 comentarios:

Adolfo Payés dijo...

Me gusta tu blog . tu estilo en al escrito, te sigo.. y te enlazo en mi blog de poemas para poder leerte con mas frecuencia..

un abrazo

saludos
que tengas un buen fin de semana

genialsiempre dijo...

Veo que te cundió el sábado más de lo que contaste...pero ha valido la pena

Anatxu dijo...

bueno¡¡¡ no te puedes ni imaginar lo que me cundió toooodo el sábado.
besos y gracias

Pedro dijo...

Intuyo que ya va quedando menos para que todo vaya cobrando sentido. Mientras tanto, continúo disfrutando de tu maravillosa forma de relatar.

Un abrazo.