lunes, 29 de junio de 2009

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SOÑANDO...

Anoche soñé. Llevaba varios días sin hacerlo. Pero por fin lo conseguí.Algunas personas que conozco dicen que los sueños son las palabras del inconsciente,aquello que no nos atrevemos a pensar en estado consciente.
No se lo que son, la verdad, pero tampoco me importa mucho. Sólo se que me gusta hacerlo y que creo que es lo más sano que puede hacer la mente humana.

Me encontraba en una cueva,una cueva oscura en principio, con colores apagados, olor a humedad y un frío inapetente. Estaba sola y debía entrar. No se por qué, pero debía hacerlo.
Fui caminando poco a poco, despacio, tanteando las pisadas por que la oscuridad me impedía estar segura de mis pasos. Era más el riesgo de caer o pisar algo inapropiado que otra cosa.Pero seguí caminando. Y sin ver nada, al rato me di cuenta que entraba en un espacio más grande, la claridad fue apareciendo de forma vergonzosa y clareaba las sombras. Y con la claridad, el miedo. El miedo al mismo miedo, el miedo a ver, el miedo a lo desconocido, al placer que me producía el mismo miedo que,a la vez, me quería paralizar.
Y entonces ocurrió. Todo mi cuerpo quería continuar. Mi estómago, mis pulmones adaptados a ese aire, mi corazón con el ritmo controlado. Mi piel acomodada al frío de aquel boquete en el interior de la tierra. Mis ojos con enfoques especiales para la oscuridad. Mi respiración enhebrada al aire cargado. Mis músculos en continua preparación, justo en la línea de salida. La sangre más veloz que la conciencia.
Pero mi cerebro paralizado. No había forma de mandar la orden a todo aquello que me formaba, que me componía. Todo estaba parado aunque yo gritara más fuerte aún. Mi cuerpo entero quería seguir, debía seguir, por que por algo estaba allí. Pero no hubo forma de convencerle. Ese puto cerebro tenía vida propia y parecía que era él el que mandaba.
No había forma. No pude obligarle, ni engañarle, ni tenía nada para chantagearle. Hablé con él de todas las formas posibles. incluso le castigué sin esas cosas que tanto le gustan. Pero seguía en tus trece. Y yo seguía en los míos. Así que, mientras él me confirmaba su decisión de paralizar todo mi cuerpo para que no continuara con mi aventura por si algo malo me pasaba. Aprovechando, digo,ese desliz del órgano gobernante, saqué mi machete del bolsillo y corte de forma limpia mi cuello. Me até un pañuelo para cortar la hemorragia y me dispuse a seguir tanteando por el camino que mis otros sentidos me llevaban a la vez que oía mi propia voz salir de la boca de mi cabeza que estaba tirada en el suelo y me gritaba:
Puta¡¡
Entonces sonreí por primera vez con los poros de mi piel.

1 comentario:

Pedro dijo...

Buenísimo, Ana. Cuántas veces habré deseado hacer eso, cortar de raíz el martilleante acoso de la mente.
Aunque no sé yo si esa será la mejor forma....