lunes, 27 de septiembre de 2010

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Tres versiones, tres.....

Annabel Lee de Edgar Allan Poe


Hace de esto ya muchos, muchos años,
cuando en un reino junto al mar viví,
vivía allí una virgen que os evoco
por el nombre de Annabel Lee;
y era su único sueño verse siempre
por mí adorada y adorarme a mí.

Niños éramos ambos, en el reino
junto al mar; nos quisimos allí
con amor que era amor de los amores,
yo con mi Annabel Lee;
con amor que los ángeles del cielo
envidiaban a ella cuanto a mí.

Y por eso, hace mucho, en aquel reino,
en el reino ante el mar, ¡triste de mí!,
desde una nube sopló un viento, helando
para siempre a mi hermosa Annabel Lee
Y parientes ilustres la llevaron
lejos, lejos de mí;
en el reino ante el mar se la llevaron
hasta una tumba a sepultarla allí.

¡Oh sí! -no tan felices los arcángeles-,
llegaron a envidiarnos, a ella, a mí.
Y no más que por eso -todos, todos
en el reino, ante el mar, sábenlo así-,
sopló viento nocturno, de una nube,
robándome por siempre a Annabel Lee.

Mas, vence nuestro amor; vence al de muchos,
más grandes que ella fue, que nunca fui;
y ni próceres ángeles del cielo
ni demonios que el mar prospere en sí,
separarán jamás mi alma del alma
de la radiante Annabel Lee.

Pues la luna ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;
con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel Lee.


esde hace muchos, muchos años, habitaba una señorita, cuyo nombre no recuerdo, encerrada en un sepulcro en un reino junto al mar.

Como la estrofa dice, eran dos niños, nada más. Y la envidia de los seres del reino universal, convertidos en vientos, partieron la luna para que su reflejo helara el reflejo del ángel que lo amaba.

Pero pensó que aquella flor que lo amaba y era amada por él, se la traería la luna en la diligencia de los sueños, o que la vería con los ojos de las estrellas que cada noche acompañan a los vientos que hielan su corazón.

Cómo decirle que ella nunca volverá y que los ojos que lo miran desde el cielo, son sólo los ojos de los que allí habitan y que por despecho no lo dejan de observar. Que le impiden olvidar a esa señorita que duerme junto al mar, tapada con la manta hecha de retales de granito, de frío y de eternidad.

Desde hace muchos, muchos años, se acuesta a su lado todas las noches, imaginemos que para hablar. A contarle sus temores o sus ilusiones. O sus ganas de llorar. A besarla con besos de arena y ceniza, para tragar su cuerpo de tierra mojada y rozar, con una mano estremecida, su piel de rosa, de adolescente fugaz, que crecía sin pensar en nada más que en amarle y ser amada por él.

Y cada vez que se le ve ,me pregunto cuándo podrá olvidar el recuerdo que vive en él y que no le deja salir ni entrar. Cuándo podrá curiosear hacia delante y no vagar para atrás. Cómo hacerle ver que la luna que ve puede ser una bola de cristal.

Han pasado muchos, muchos años, desde que su parentela llegó para celarla junto al mar, en su lecho de muerta, con su traje de organdí. Y desde entonces no la deja descansar con sus lágrimas de amante herido por el hierro de los machetes que empuñaban, en su lucha, los ángeles del cielo y los demonios del mal.....

Mírate en el reflejo del vidrio que ves pasar, cada anochecer, por el mismo lugar que tú empleas como antro para emborracharte con tu soledad. Y déjate llevar ,como tu imagen se deja, a la misma hora,trasladar por la ventana tendida de la fachada de aquel monstruo cargado de entelequias que son llevadas de aquí para allá. Seguro que si dejas que tu retrato se acople al mío, que está tras el cristal de ese ventanal, verás mi rostro que no te deja de contemplar, y que con las mismas ganas que aquella tu querida, hermosa, tu vida, tu esposa, te podré sujetar.

Hace muchos, muchos años que como no cesaste de lamentar y suspirar por tu apagada doncella, y no paraste de morir con ella, me dejaste escapar pegada al cristal, apoyada en el mismo asiento de madera. Por que nunca supiste que te miraba desde el autocar.


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